José Nelson Mármol*
“Se afirma que las personas y los grupos sociales luchan por sus
sueños. Si esos sueños son perversos o inhumanos, sus luchas y prácticas
cotidianas serán también deshumanizantes. Si se quiere cambiar las prácticas de
las personas, es necesario cambiar sus sueños. Es preciso presentar un
sueño más humano, alternativo al sueño del consumo infinito”[1]
Releyendo un pequeño libro del teólogo surcoreano-brasileño Jung Mo Sung,
titulado “¿Si Dios existe porqué hay pobreza?, la fe de los cristianos y los
excluidos”, me encontré con esta cita y con esta proposición: “La Iglesia
necesita ser testimonio de un sueño diferente…, un sueño de una sociedad en la
que la calidad de vida no sea confundida con cantidad de consumo. En que
las personas no necesiten ser violentas para garantizar la sobrevivencia ni
sean juzgadas por sus apariencias o preferencias. Una sociedad más
igualitaria, sin tanto lujo contrastando con la miseria, sin tanta ansiedad o
miedo. Un mundo en el que la solidaridad vuelva a ser un valor importante,
talvez el central”. La demanda responde a la realidad latinoamericana de
hace 10 o 12 años, pero que en la actualidad sigue latente.